EMPEZAR DE NUEVO

Hace unas semanas, se puso en contacto con nosotras Xabier Pita, estudiante de periodismo. Estaba interesado en conocer la labor que hace el SEI y conocer la historia de sus protagonistas.

Acudió al SEI y de lo que recogió, redacto este artículo que hoy queremos compartir.

Muy agradecidas por su interés, su capacidad para recoger lo que le contamos y por haber entendido la esencia SEI. Mil gracias Xabier

Podéis pinchar en este enlace para leer su trabajo… o leerlo a continuación

https://medium.com/@xabier_pita/empezar-de-cero-52d3ef07da9c

EMPEZAR DE NUEVO

¿Te imaginas empezar una vida de cero a miles de kilómetros de casa, de tus padres, y con un largo viaje a tus espaldas? Rida Ait Bouzid, Ounasser, Noelia Vera y Flor Yepes comparten el haberse buscarse la vida lejos de su país

Rida Ait Bouzid (18) se tomó la licencia de coger mi cuaderno y dibujar en él la frontera de Marruecos con España.

-Aquí está el puerto de Melilla y aquí el de Marruecos. Esta es la valla por la que no podíamos pasar, por donde entraban los barcos. Y esta es la frontera que separa a nuestro país de África — dice mientras trazaba una línea recta debajo.

Las líneas que Ait Buzid traza en tan solo un segundo, son en realidad tres horas a nado, desde un extremo a otro. Un compañero se dio la vuelta a mitad de camino. Él y otro amigo finalmente consiguieron llegar, con la ropa metida en una bolsa y atada a la cintura.

En Melilla pasó ocho meses buscándose la vida. Comía de la basura, pasaba la noche en la playa, dormía entre cartones. Se llegó a aprender de memoria el horario de cada barco que llegaba a puerto: “El de Acciona entraba a las 6 de la mañana, otro que llevaba armas llegaba por la noche y se iba a la misma hora. Además, había uno que llevaba comida y ropa.

Siempre le despertaba el ruido de la bocina. E imaginaba que quizá ese barco fuera el que le ayudaría a escapar. Esta oportunidad se le presentó en los ocho meses que pasó en Melilla más de 240 veces. Cada día se colaba en un camión para pasar la frontera, pero la Policía le pillaba. Y cuando le pillaban, “me pegaban y me dejaban toda la noche sin ropa y pasando frío para que no volviera a intentarlo”.

Pero lo volvió a intentar hasta que un día no le pillaron. Logró meterse junto al motor de un camión. “Me escondí tan bien que no me encontraron”, dice. Se levantó de la silla para recrear la forma en la que estaba agarrado a la maquinaria del vehículo. “Yo estaba apoyado con tres dedos de cada mano debajo de la cara. Si perdía un poco de fuerza podía caer y morir”, recuerda. Debajo de él, una parte del motor giraba sin parar, y cualquier movimiento era peligroso.

Ait Bouzid aguantó quieto y sin moverse hasta que el camión paró en Málaga. Siguió hasta Benicássim, donde descargó la mercancía. Caminó tres horas sin ropa y sin zapatos hasta Castellón, donde encontró la ayuda de un compatriota que le abrió las puertas de su casa para ducharse y comer. Este le recomendó acudir a Pamplona, donde dijo que le iban a poder ayudar.

Y es aquí, en el SEI (Servicio Socioeducativo Intercultural) de Pamplona donde coinciden un gran número de menores que llegan en busca de una nueva vida. Por ejemplo, Mohamed Ounasser (15), también marroquí. El año pasado estaba en 2º de la ESO, y decidió montarse en una patera para llegar a España, aunque sus padres no estuviesen de acuerdo. “Fue un poco duro, pero al final fue bien”, recuerda. Junto a él, cuenta que, había 35 personas amontonadas en una pequeña embarcación de apenas cuatro metros de largo, para la que dice haber pagado 4.000 dírhams(375 euros). Recuerda que estuvieron 15 horas en el mar hasta que la Guardia Civil les recogió y les dejaron en La línea.

LA LLEGADA DE LOS MENORES EXTRANJEROS NO ACOMPAÑADOS

Hasta 2018, en el SEI atendían a una media de tres ‘Menas’ al año pero en este 2019 han llegado a Navarra 250.

Estos jóvenes, como Ounasser o Ait Bouzid, vienen con ganas de estudiar y trabajar. No saben estar sin hacer nada. Huyen de la vida sin futuro que se les presenta en Marruecos: “Allí no puedes hacer nada”, coinciden. Ounasser estudia una FP de Grado Medio de Electricidad y no deja de sonreír cuando dice que su sueño es ser electricista. No tiene palabras para agradecer la oportunidad que le han dado para comenzar una nueva vida en España.

Su vida consiste en estudiar algo que le apasiona. Vive junto a tres compañeros, también marroquíes, en un piso tutelado en el que dos educadoras y una psicóloga se encargan que aprendan español, que no les falte de nada y que comiencen a construir esa nueva vida que venían buscando.

Vive junto a tres compañeros, también marroquíes, en un piso tutelado en el que dos educadoras y una psicóloga se encargan de que aprendan español, que no les falte de nada y que comiencen a construir esa nueva vida que venían buscando.

Ait Bouzid, por su parte, resume todo este viaje apoteósico en una palabra: electromecánica. Ese es su sueño y la razón por la que ha venido hasta aquí. Pasó tres meses en un Centro de Observación de Acogida (C.O.A.) y de ahí le mandaron a una residencia para menores, donde logró sacarse la E.S.O. “Entré con un 7 de media a FP”, dice orgulloso y ahora se está sacando el permiso de conducir.

Ahora, el camino de ambos pasa por ayudar a los menores que están pasando por una situación similar a la suya. Ounasser dice que a él en el SEI le han ayudado en todo: a aprender castellano, le han hecho salir de su hermetismo, a socializar con los demás. Por eso este año es pre-monitor de un grupo de chavales que, como él, están pasando por el duelo migratorio. “He pasado por lo mismo y es importante ponerse en su lugar y saber cómo se sienten”.

Ait Bouzid incide en la importancia de ir poco a poco con ellos. Que un menor de edad deje a su familia es muy duro, señala, además la cultura es muy distinta. En Marruecos tenemos muchas fiestas diferentes: El Cordero, Ramadán. Aquí la gente se aburre y empieza a hacer cosas malas. “En todas partes hay buenas y malas personas, que un marroquí se comporte mal no significa que todos seamos iguales”.

‘ECHAR RAÍCES’, EL OBJETIVO DEL CENTRO

Los recién llegados se encuentran en una situación emocional muy inestable, y necesitan acompañamiento para ayudarles en su nueva vida. Maite Ziganda, coordinadora de la asociación, recuerda que este fue el motivo principal por el que se creó el centro hace ya veinte años. “Los que acaban de llegar están en una situación tan complicada, que las matemáticas se convierten en su último problema”.

Para ayudarles con las matemáticas primero tienen que sentirse acogidos, y es en el SEI donde se encargan de que lo hagan. Cada día trabajan vínculos en pequeños grupos de ocho miembros junto a tres monitores voluntarios. “Son personas que se preocupan por ellos, que saben lo que les pasa. Es como ejercer de familia“, señala la coordinadora.

Esta labor es algo que Naiara Vera, que llegó hace dos años desde Bolivia para reencontrarse con su padre, agradece. Cuenta que al principio estaba muy triste, porque había dejado toda su vida atrás y ahora estaba en un sitio en el que no conocía a nadie, con un clima que nada tenía que ver con el de su país y una comida que tampoco le agradaba.

Los jóvenes que llegan, por lo que les ha tocado vivir, apunta Ziganda, vienen con un alto grado de autonomía, pero están muy tristes porque de repente han cortado relación con amistades, familia. Vienen a este sitio frío y se encuentran solos. Todo es diferente y les cuesta mucho adaptarse a la comida, al clima, a sus compañeros. Empiezan desde cero una nueva vida.

EL PROCESO DE ADAPTACIÓN

A Flor Yepes(16), natural de Venezuela, le pasó algo parecido. Al principio le costó mucho adaptarse a su nueva vida, aunque asegura que Pamplona fue “la luz al final del túnel”. No borra la sonrisa en ningún momento y explica que le encanta ir al colegio, pero sobre todo la clase de Historia y Geografía: “En mi vida me esperaba conocer tantas cosas y lugares”, dice con los ojos abiertos como platos. Al principio, no conocía a nadie y llegar aquí fue como pasar de un lado a otro. “Lo pierdes todo”, dice. Aunque las ansias de reencontrarse con su madre podían con todo.

A Vera lo único que le apetecía era ver a su padre de nuevo, después de ocho años, desde que él emigró a Pamplona para buscar trabajo. “Fue una alegría, aunque no me acordaba mucho de su cara”, rememora.

Vera comenzó a conocer gente en el SEI, hizo amigos, se soltó. El hecho de juntarse con chavales de su edad que han pasado lo mismo que ella hace que se entiendan mejor. Además, asegura que se interesa por saber qué les pasa a sus compañeros e intentar que estén a gusto.

En el SEI pueden estar máximo dos años, lo que tarda en hacerse el duelo migratorio, adaptarse al nuevo contexto. “Hacemos actividades de tiempo libre para que vean que pueden hacer ellos cuando nosotros no estemos, les llevamos al Civivox para hacer talleres, al Casco Viejo para que vean lo que hay, haciendo deporte y para que vayan incorporándose”, explica la coordinadora.

Yepes tiene claro, que el esfuerzo que le ha supuesto empezar una nueva vida, lo va a emplear en ayudar a los demás. El año que viene empezará la FP de Auxiliar de Enfermería, aunque dice que también quiere especializarse en Trabajo e Integración Social. “Me gustaría trabajar ayudando a los MENAS. Tienen una historia súper fuerte, me pongo en su lugar y lo han tenido que pasar horrible”.

Pero si algo tienen claro todos los chicos y chicas que han pasado por el SEI es que quieren devolver todo lo que les han dado. No se cansan de agradecer las oportunidades que se les han brindado y les sobran ganas de trabajar para demostrar lo que valen.h

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.